Del docente en el aula...
Hemos acabado con el deseo de los jóvenes, ese que se vinculaba a la construcción del conocimiento, que se afianzaba a la figura docente como dador de esta posibilidad de aportación, de transformación, de penetración en el mundo de los otros para hacerlo propio a partir de lo que emerge como epistemología de lo cognoscible.
Hemos puesto a la infancia en algodones y les arrebatamos la posibilidad de intimar con su futuro, de hacerlo asequible, real, suyo.
Los despojamos del derecho a construirSE.
Y el profesor no encuentra el rastro de su propio deseo entre la apatía vital de esos ojos que miran lejos del aula o dentro de sus pantallas.
Pero vale la pena continuar, impregnar el aula con la voz y la actitud que aún creen que es posible amar al conocimiento, porque en esa impregnación el propio deseo se recupera, se coloca y reacomoda la pasión propia del ejercicio de la enseñanza.
Y, aunque parezca que cae al vacío, que llega a oídos sordos... no es así... la pasión alcanza a encender ese deseo, de manera a veces imperceptible, y estamos salvando una vida que apagaron cuando le ensartaron la obligación de ser feliz y le arrebataron las herramientas para tratar si quiera de intentarlo.
Las aulas actualmente son lugares donde el Yo-Docente-Autoridad parece no tener sentido, pero la dignidad, la pasión por lo que se hace y las convicciones sí tienen densidad y vale la pena seguir colocándolas para ellos.
El profesor... redefiniendo el sentido de su actividad cotidiana.
Que el amor vuelva a las aulas.
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